Brasil gana, la derecha no lo acepta: lo que la remontada de Lula enseña a la izquierda antes del 29N

Lula remontó y ganó por 4,4 millones de votos; Flávio Bolsonaro se niega a reconocerlo. Qué significa para América Latina y Europa, cómo pierde la derecha, qué siembran sus campañas y qué lecciones deja para el 29N.

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Lula da Silva sostiene una bandera de Brasil ante miles de simpatizantes en el lanzamiento de su campaña en 2026
Lula, en el lanzamiento de su campaña en el estadio de Vila Euclides (São Bernardo do Campo), el 16 de agosto de 2026. Foto: Ricardo Stuckert / Lula Oficial, Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).

Lula ganó la segunda vuelta del 25 de octubre por 4,4 millones de votos después de haber quedado segundo en la primera. Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente encarcelado por intentar un golpe de Estado, se ha negado a reconocer el resultado. A un mes del 29N, lo que ha pasado en Brasil dice mucho de cómo gana la izquierda y de cómo pierde la derecha.

Una remontada que nadie esperaba

El 4 de octubre, Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta con el 47,15 % frente al 45,02 % de Lula. Las encuestas le daban favorito para el balotaje. Tres semanas después, según el recuento del Tribunal Superior Electoral, Lula obtuvo el 51,79 % (unos 64,3 millones de votos) frente al 48,21 % de Bolsonaro (59,8 millones), con una participación cercana al 79 %. Es la primera vez que alguien pierde la primera vuelta en Brasil y gana la segunda. Lula, de 80 años, empezará su cuarto mandato el 5 de enero de 2027.

En su discurso de victoria dio las gracias a la gente joven que «salió a la calle para defender la democracia». Habló de una derrota del negacionismo y de las mentiras. Y dejó una frase pensada para Washington: Brasil no acepta ser «el patio trasero de nadie». La campaña se libró bajo una presión exterior sin precedentes. Trump impuso aranceles de hasta el 50 % en 2025 exigiendo el fin de la «caza de brujas» contra Jair Bolsonaro, tras retirarlos, volvió a imponerlos (hasta el 37,5 %) en julio de 2026 y recibió a Flávio y a Eduardo Bolsonaro en la Casa Blanca en mayo, según ha documentado openDemocracy. La inteligencia brasileña llegó a calificar esa injerencia de «nivel crítico».

Un respiro para América Latina

El resultado frena una ola reaccionaria que parecía imparable en el continente. Milei en Argentina, Kast en Chile, Rodrigo Paz en Bolivia y, desde agosto, Abelardo de la Espriella en Colombia, que ganó en junio a Iván Cepeda por apenas 250.000 votos con el apoyo explícito de Trump. Si Brasil, la primera economía de América Latina, hubiera caído también, el mapa habría quedado casi entero en manos de gobiernos alineados con Washington.

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, habló de una «bocanada de aire fresco» para la región. Más revelador es quién calló. Según EFE, Kast, De la Espriella, Keiko Fujimori, Rodrigo Paz e incluso Giorgia Meloni felicitaron a Lula. Milei, que había hecho campaña abiertamente por Bolsonaro, y Trump guardaron silencio. Lo único que se le oyó a Trump fue «estamos observando».

Cómo pierde la derecha

La noche electoral, Flávio Bolsonaro dijo que era «imposible reconocer el resultado» y anunció que pedirá la anulación de las elecciones. Su argumento es que un juez del Supremo prolongó la votación dos horas en todo el país por problemas de transporte y lluvias. Pero su propia campaña había pedido esa misma prórroga, por las mismas razones, para varios municipios de São Paulo, Paraná, Santa Catarina, Minas Gerais y Rio Grande do Sul. Lo documentan las peticiones firmadas por su abogada a las 15:26 y a las 15:42 de ese domingo y publicadas por Revista Fórum.

No es un caso aislado, es un patrón. Trump no reconoció su derrota en 2020 y acabó con el asalto al Capitolio. Jair Bolsonaro tampoco felicitó a Lula en 2022: se marchó a Florida para no entregarle la banda presidencial, y una semana después de la toma de posesión sus seguidores asaltaron las sedes de los tres poderes en Brasilia. En septiembre de 2025 el Supremo lo condenó a 27 años y tres meses de prisión por intentar un golpe de Estado. Flávio prometió indultarlo si ganaba. Keiko Fujimori denunció un «fraude» inexistente en Perú en 2021.

Compárese con Colombia. Iván Cepeda, el candidato de la izquierda, perdió en junio por mucho menos (250.000 votos, ni un punto de diferencia), con Trump haciendo campaña por su rival y con denuncias de compra de votos. Reconoció la victoria de De la Espriella en cuanto terminó el escrutinio oficial, por «responsabilidad democrática», y anunció una oposición «vigilante y constructiva».

Cuando la derecha siente que puede perder, el repertorio es conocido: sembrar dudas sobre el recuento antes de votar, deslegitimar al árbitro, buscar padrinos fuera y, si todo falla, huir o resistirse. En España tenemos nuestra propia versión. En 2017, tras declarar la independencia sin plan para sostenerla, Carles Puigdemont, líder de la derecha nacionalista catalana, cruzó la frontera hacia Bélgica dos días después. Dejó atrás a quienes se quedaron y acabaron en prisión. Nueve años después, con la orden de detención levantada gracias a la amnistía que su partido negoció con el PSOE, Junts tumbó junto a PP y Vox los decretos de vivienda del Gobierno. Esas derrotas en el Congreso precipitaron el adelanto electoral. Este 27 de octubre, Puigdemont escribía en X que España genera «crisis que deberíamos estar preparados para aprovechar». No le preocupa el alquiler de nadie. Le preocupa la oportunidad.

Qué siembran las campañas de la derecha

Más allá de sus programas, las campañas de la derecha y la ultraderecha se parecen mucho en Brasil, en Estados Unidos y en España. No buscan convencer con propuestas sino activar emociones:

  • Miedo. A perder la casa, el trabajo o la seguridad. Feijóo abrió la precampaña el 5 de octubre diciendo que «la inmigración está descontrolada» y asociándola a «más inseguridad», y promete desalojar a los okupas en 48 horas. Según el Ministerio del Interior hubo 15.289 ocupaciones en toda España en 2024, el 0,057 % de las viviendas, y la cifra lleva dos años bajando (elDiario.es). El problema real de vivienda son los alquileres y los desahucios. Pero el miedo al okupa moviliza más que el casero que te sube un 30 % el alquiler.
  • Un culpable. Siempre el de abajo y, preferiblemente, el de fuera. Abascal, que arrancó su precampaña en Estepona con Jordan Bardella, el líder de la ultraderecha francesa, ha puesto en el centro la «prioridad nacional» y la «remigración», y habla de «invasión migratoria» (El Debate). La vivienda la encarecen los fondos y la especulación, pero el dedo apunta al vecino migrante. Ya lo explicamos en la trampa de la «prioridad nacional».
  • Desconfianza. En las instituciones, en el recuento, en el voto del otro. Ayuso ha vuelto a poner en duda el voto por correo. Grupos como Hazte Oír difunden el bulo del «pucherazo» (Público). Feijóo dijo que «por fin puede irse quien nunca debió llegar tan lejos», como si las elecciones de 2023 no hubieran contado. Es el mismo terreno que pisó Bolsonaro: si gana el otro, es que hubo trampa.
  • Catastrofismo. «Nos lo jugamos todo», repite Abascal; «el Gobierno lo ha podrido todo», dice Feijóo. Si todo está podrido, todo vale para arreglarlo, incluidos los «sacrificios» que el propio Feijóo ha admitido que pedirá. En pensiones ya hemos visto lo que significan: el sistema va a «petar», es «zombi», hay que pasarse a la capitalización privada.
  • Bulos y redes. Las campañas reaccionarias viven de las plataformas digitales y de la mentira repetida hasta que parece verdad. Por eso Lula ha anunciado que regulará las plataformas: es una cuestión de soberanía democrática.

Lo que siembran, en definitiva, es división entre trabajadores, sospecha hacia lo público y resignación. La idea de que nada puede mejorar y de que solo queda protegerse del vecino.

Lo que Brasil enseña para el 29N

Las encuestas dan hoy mayoría absoluta a PP y Vox. Sigma Dos les atribuye 191-200 escaños, y la izquierda transformadora llega dividida: el Frente Amplio por un lado y Podemos por otro, muy lejos de los 31 escaños que logró Sumar en 2023 (Infobae). Lula también iba por detrás. Ganó por tres razones que sirven aquí:

  • Unidad frente a la amenaza. Lula gobierna con un frente amplio que va de la izquierda al centro. La fragmentación no es una opción cuando enfrente está la ultraderecha con posibilidades reales de gobernar.
  • Movilización, sobre todo de la gente joven. Lula agradeció la remontada a la juventud que salió a la calle. En España, la diferencia entre la mayoría absoluta de la derecha y su derrota está en los barrios obreros que se abstienen, como los del sur de Madrid.
  • Propuestas materiales, no solo miedo a la derecha. La campaña de Lula ofreció ayudas a los hogares pobres y un subsidio a la gasolina, medidas que se notan en el bolsillo. Aquí la agenda está clara: vivienda, sanidad y educación públicas, pensiones dignas y salarios. Son las mismas razones por las que llevamos semanas en la calle: la manifestación por las pensiones del 24 de octubre, la huelga indefinida de la educación pública y la huelga general por la vivienda del 11 de noviembre.

Conviene no confundir el deseo con la realidad. Como advierten los analistas consultados por Público, Brasil no es España y la remontada de Lula no se traslada sola al 29N. Pero sí demuestra algo: las encuestas no votan, y una ventaja de la derecha se puede dar la vuelta cuando la gente trabajadora siente que se juega algo suyo.

Queda un mes. La derecha ya ha enseñado sus cartas: miedo, culpables y sospecha. A la izquierda le toca hacer lo contrario: unidad, organización y esperanza con propuestas concretas. Y si pierden, que lo reconozcan. Eso también está en juego.

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